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| 2.-Capitulo: La Preocupacion |
| By Bahamut Zero |
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La Reina Arien observo con tranquilidad a todos los jefes de banda sentados en la mesa, y una vez completo la inspeccion, poso su mirada sobre uno de ellos y asintio levemente con su cabeza. Ante este gesto, el elfo asi interpelado se levanto, se aclaro la garganta y se dirigio a sus compañeros. - Dama Arien, compañeros, temo ser portador de malas nuevas. Los informes de mis exploradores me permiten asegurar que Dernoth pretende atacar Shinerberg. – Hizo una breve pausa para evaluar la reaccion de los reunidos – Ha dejado un pequeño contingente de tropas en las puertas del paso de Montaña Hendida y el resto de sus tropas avanzan hacia las fronteras de Shinerberg. Otro de los elfos asistentes se levanto, pidiendo permiso para hablar. La reina asintio y el nuevo interlocutor se dirigio a los presentes. - Esos informes de tus exploradores, Finryr, echan luz sobre mis dudas. Compañeros, Dernoth ha perdido la razon. La frontera con Millen ha sido reforzada con tropas regulares; sin duda, Dernoth quiere atacar Shinerberg, pero tambien quiere evitar que Lord Malis lance un ataque de represalia si ataca realmente Shinerberg... - Si ataca Millen, los jinetes de grifos de Lord Malis despedazarian a sus tropas, por lo que es mas inteligente atacar Shinerberg y defenderse de Millen. Que me aspen, pero no logro entender a los humanos. Se supone que estan en guerra con nosotros. – el elfo que habia interrumpido la reunion tan bruscamente se acerco a la mesa, hizo una leve inclinacion de cabeza en direccion a la reina y se dirigio a su compañero – Disculpame, Ledorin, por haber interrumpido tu alocucion, y pido perdon al resto por mi tardanza. - Estas disculpado, Urian, pero solo por ser tu. Aunque debo agradecerte tu intervencion, pues eso me lleva al punto que me interesa tocar. Dernoth pretende embarcarse en una guerra en varios frentes y si deja el nuestro debilmente protegido, yo me pregunto, majestad, si no deberiamos castigarle por subestimarnos y creer que una pequeña guarnicion puede protegerle de las huestes del reino elfico de Rivariel. La reina Arien se levanto y hablo: - Compañeros, esta claro que algo ha debido trastornar la mente de Lord Dernoth. Debemos recordar que hasta hace pocos años eramos amigos y conviviamos pacificamente, hasta que nos declaro la guerra. Hasta la fecha, simplemente nos hemos defendido, limitandonos a rechazar sus ataques contra la fortaleza del paso de Montaña Hendida. Ahora tenemos la posibilidad de lanzar un ataque contra el corazon de los dominios de Lord Dernoth y obligarle a claudicar, podemos... El discurso de la reina fue interrumpido por un guardia de la corte que acababa de entrar en la sala. Con paso firme, se encamino hacia la reina. - Dama Arien, uno de nuestros mensajeros ha traido esto. – Extendio un pliego de papel lacrado, que la reina no dudo en coger – El mensajero dice que un emisario de Lord Dernoth lo trajo hasta las mismas puertas de la fortaleza en el paso. Con una leve inclinacion de cabeza, el guardia se retiro, mientras la reina abria el pliego y se disponia a leerlo. En la sala se hizo un silencio expectante; cuando termino de leerlo, la reina hablo, con expresion sorprendida. - Lord Dernoth no nos pide una tregua, solicita la paz. Reconoce que la culpa por iniciar esta guerra es suya y nos entrega una sustanciosa suma como tributo y compensacion por nuestras perdidas, asi como libertad de paso por sus tierras; la ruta hacia el sur queda despejada para retomar el comercio con el reino enano mas alla de la cordillera Espinazo del Dragon. - No esta tan loco como le suponiamos – puntualizo Urian, con una sonrisa ironica dibujada en sus labios. - Sabe que podemos aplastarle si retira sus tropas, pero las necesita para atacar Shinerberg, asi que trata de aplacarnos. – Ledorin expreso su opinion con aire serio y sombrio – Yo digo que nos neguemos a su propuesta, ataquemosle ahora y demostremosle nuestro poder. - Lord Dernoth esclaviza a su gente, le exige impuestos desorbitados para pagar a sus tropas y comida para mantenerlas. Tambien tienen que soportar la situacion de guerra y hacer frente a las incursiones enemigas. Si atacamos nosotros, contribuiremos a aumentar las penurias de sus subditos, personas que no han hecho ningun mal, cuyo unico problema es no poder elegir a su señor. – el elfo que permanecia sentado a la derecha de la reina se levanto y se dirigio al resto en estos terminos – Yo digo que debemos aceptar esa paz, pues nuestra naturaleza es pacifica, ni nosotros ni nuestros antepasados iniciamos guerras; solo reaccionamos, nos defendemos. Si queremos marcar la diferencia con los ambiciosos señores humanos, es aqui donde debemos hacerlo. – Y se volvio a sentar. - Las palabras de Caledor son sabias, pero es triste que hayan sido dirigidas a tan ilustres y valerosos miembros de nuestro pueblo, en lugar de a aquellos que las merecen realmente. – la reina Arien volvio a observar a cada uno de los asistentes, buscando el beneplacito que sabia le darian tras la intervencion de Caledor – Entonces, la paz sera firmada. Antes de declarar concluida esta reunion, sin embargo, deseo poner en vuestro conocimiento el motivo por el que esta guerra comenzo. Lord Dernoth esta obsesionado con encontrar a Dariel y sus Conocimientos Secretos. No hace falta recordar lo que ocurrio la ultima vez que un humano, Zats el Nigromante, ansio tal saber. Hasta hace poco, nuestros sabios eran poseedores del conocimiento sobre el paradero de Dariel, pero ahora han perdido todo rastro, por lo que os pido que alerteis a vuestros exploradores sobre este hecho y que no duden en suministraros cualquier informacion que descubran al respecto. - Dama Arien, aunque firmemos la paz, sabeis que el Duque de Shinerberg y lord Malis du Millen nos exigiran que acudamos en su ayuda – aseguro Finryr con aire apesadumbrado. - Lo se. Y poco podemos hacer a ese respecto. Nos limitaremos a enviarles toda la informacion que nuestros exploradores consigan sobre los movimientos de las tropas de Lord Dernoth. Y con todo aclarado, declaro concluida esta reunion. Todos se levantaron de las sillas e hicieron ademan de marcharse, excepto uno. Urian seguia sentado e interrogo a la reina. - Entonces, majestad, si la paz ha llegado, ¿podre tener los malditos refuerzos para ocuparme de los trasgos de las montañas? - Claro que si, Urian. Habla con los demas jefes de banda y acuerda con ellos el numero de gente que necesitas – respondio la reina con una sonrisa. Y a continuacion, salio de la estancia llevandose consigo el pliego que habia de firmar para traer la paz entre los elfos de Rivariel y el pueblo de Lord Dernoth. Arien se retiro a sus aposentos, ubicados en la torre mas alta y blanca de Thal Cadhril, la impresionante capital del reino elfico de Rivariel. Desde una de las ventanas de su camara contemplo el majestuoso paisaje que era la perfecta armonia con que el bosque se mezclaba con la estilizada arquitectura de la ciudad, todo bañado por la luz mortecina del astro rey al ponerse. Por un momento, ensimismada con la belleza del espectaculo, Arien se olvido por completo de la guerra, de Dernoth, Shinerberg y Millen, incluso de la propuesta de paz que habia dejado sobre la mesa de su estancia. Por su mente desfilaron gratos recuerdos, recuerdos de un tiempo en que su pueblo solo empuñaba las armas para rechazar a los odiosos trasgos de las montañas que delimitaban Rivariel y las tierras de Dernoth; no pudo reprimir las lagrimas mientras pensaba en aquellos maravillosos tiempos. - ¿Por que? ¿ Por que lo hiciste? – el pensamiento vino a su mente con tanta fuerza que le resulto imposible no exteriorizarlo. - ¿Mama? La voz infantil que sono a su espalda hizo que Arien recobrara la compostura. Se seco las lagrimas antes de volverse. En la puerta estaba una niña de unos diez años, acompañada por una de las doncellas del sequito. Aunque aun infantiles, sus rasgos delataban su procedencia, finos y delicados como los de sus parientes elfos pero energicos y decididos como los de los humanos. - Ielenia, pequeña, ven a darle un abrazo a tu madre – Arien sonrio y extendio sus brazos para recibir a su hija. La niña se echo en brazos de Arien. - Esta bien, puedes retirarte – indico a la doncella – Y tu, Ielenia, ¿no deberias estar estudiando? - Si, pero Elriel ha dicho que soy una alumna muy aplicada, que aprendo deprisa y me esfuerzo. Por eso hoy me ha permitido no asistir a su clase – explico Ielenia con una sonrisa de orgullo - ¿Por que no pasamos un rato juntas y cantamos como solemos hacer? Tal vez podrias volver a contarme la saga de Rivariel. - Ielenia, creo que demuestras demasiado interes por historias que me parecen belicosas, para alguien de tu edad. Y no creas que no me enterado de tus practicas en el tiro con arco – Arien sonrio – Los instructores dicen que eres muy habil con el arco. Al ver que Ielenia empezaba a mostrar indicios de querer zafarse de la conversacion, Arien empezo a entonar una balada, en voz baja. Al oirla, Ielenia se le unio y pronto las voces de ambas entonaron las mas hermosas canciones de la lirica elfica. Asi pasaron varias horas, hasta que madre e hija se percataron de que la luna brillaba en lo alto del cielo. - Por Sylvanus, que tarde se nos ha hecho – con un guiño de complicidad, Arien sonrio a Ielenia - Seguramente nos estaran esperando para cenar. Demonos prisa. La niña se preparo para seguirla cuando, con expresion seria, interpelo a su madre: - Mama, ¿por que no hablas nunca sobre papa? ¿ Le conocere algun dia? Arien, sorprendida por esta pregunta inesperada, se giro para contemplarla, sin saber que responder. En su fuero interno sabia que, tarde o temprano, tendria que contarle la verdad, pero aun le parecia que Ielenia era demasiado joven para conocer la historia. Con gesto de desamparo, Arien ofrecio su mano a Ielenia. Ielenia sacudio su cabeza, como si quisiera alejar un mal sueño. "No es buen momento para meditar sobre el pasado", penso. El cielo estaba claro, sin rastro de nubes, y el sol brillaba en lo alto, las ramas de los arboles apenas protegian de sus rayos. Soplaba un viento calido, que hacia aun mas caluroso al dia. Solo el canto de las cigarras interrumpia la tranquilidad; los animales, conscientes quiza del intenso calor, buscaban refugios frescos y a la sombra, mostrandose claramente perezosos. Bajo su malla de escamas y su ropa, Ielenia sintio como varias gotas de sudor recorrian su cuerpo. Se sentia sudorosa y la sensacion pegajosa del sudor seco le hacia desear un buen y refrescante baño, deseo acrecentado por el murmullo de agua fluyendo en las cercanias, que sus oidos, agudizados por su herencia elfica, habian captado. Entonces lo oyo; el ruido de cuero rozando la corteza de los arboles, las pisadas suaves del que intenta no hacer ruido entre la hojarasca. Cualquier otro hubiera sido sorprendido, pero Ielenia se puso alerta y, con un gesto rapido, preparo su arco y flechas. Detuvo su caballo y espero. De repente (o eso le hubiera gustado al bandido), alguien se descolgo de una de las ramas bajas y aterrizo en el camino, a pocos metros por delante de la posicion que Ielenia ocupaba. Otros cuatro bandidos mas surgieron de la maleza, uno por cada flanco y dos mas a su espalda. "Como si no tuvieran ya bastantes problemas con los Halcones de Dernoth, siempre tiene que haber gente dispuesta a aprovecharse del desconcierto de sus vecinos para beneficio propio", penso con desgana Ielenia. - Buenos dias, hermosa doncella. Mis amigos y yo pasabamos por aqui y, al verla, hemos pensado "Que demonios, tenemos que ayudar a tan bella criatura". Seguro que, con el calor que hace, agradecera que unos fornidos hombres carguen con tan pesado equipaje como el que lleva – el bandido que habia bajado del arbol hablo, mientras mostraba una sonrisa que delataba la falta de varios dientes – Ademas, seguro que podemos hacerte gozar de nuestra "compañia" y descubrirte todo un mundo de placeres que jamas imaginaste. - Lo siento, pero debo rechazar tan generosa oferta. No parece que vayan en mi misma direccion, y es mi deseo que mi equipaje llegue a mi mismo destino. En cuanto a vuestra "compañia" y los placeres de que hablais, prefiero reservarlos para alguien especial – Ielenia replico con expresion calmada, pero intento imprimir un tono sarcastico a sus palabras. - Esta bien, que asi sea – el bandido que habia llevado la voz cantante casi escupio estas palabras, mientras desenvainaba una espada corta – Es mas facil robar a un muerto y, mientras tu cuerpo este caliente, la unica diferencia sera que no gemiras y no ofreceras resistencia. ¡A por ella, compadres! Como si hubiera estado esperando un pretexto, las palabras del bandido y su actitud fueron suficientes. Ielenia disparo su arco y la flecha atraveso limpiamente el cuello del bandido parlanchin, que se desplomo muerto en el acto. Una segunda flecha volo hacia otro de los bandidos, impactando a la altura de su higado; con gesto estupefacto, el maleante bajo la mirada, contemplo la flecha clavada y la sangre oscura manando a borbotones, y cayo de rodillas al suelo. La tercera flecha se clavo en el hombro de otro bandido, quien aullo de dolor, dejo caer el arma y se postro en el suelo, retorciendose de dolor. Los dos bribones restantes intercambiaron sendas miradas de complicidad y... se alejaron corriendo por la espesura como almas que llevan al diablo. Impasible, Ielenia observo en derredor suyo y, tras comprobar que el lugar estaba asegurado, se dispuso a marcharse. Pico espuelas, pero el sonido lastimero de los quejidos del bandido herido resonaba en sus oidos. Detuvo su caballo y echo pie a tierra. Cuando llego a la altura del herido, este la observo con gesto dolorido y alarmado. Ielenia se agacho, y en ese momento el bandido cerro los ojos fuertemente, mientras recitaba sus oraciones en voz baja; estaba listo para ser rematado. Sin embargo, no sintio la fria hoja de un cuchillo atravesar su corazon ni cortar su cuello, sino un agudo dolor cuando la flecha de su hombro fue arrancada entera. Grito algo incoherente, mas parecido al sonido que una garganta animal podria producir, y abrio los ojos. Ielenia arrojo lejos la flecha, puso una mano sobre la herida y entono una plegaria de curacion. Incredulo, el bandido sintio como el dolor remitia y la herida cicatrizaba. - Gra... Gracias – acerto a articular con voz debil. Ielenia asintio con un gesto brusco y frio, se separo del bandido, monto en su caballo y se alejo al trote del lugar, sin mirar una sola vez a su espalda. Mientras proseguia su camino, Ielenia intento no pensar mucho en lo ocurrido y trato de organizar sus pensamientos. No pudo dejar de agradecer que su madre le permitiera continuar con su entrenamiento con el arco y la espada, ademas de recibir las lecciones sobre el Señor de los Bosques y Padre de todo el Linaje Élfico, Sylvanus. Habia demostrado su valia en varias ocasiones, de forma que su madre le habia permitido liderar su banda de guerra cuando los asuntos de estado le impedian ponerse al frente de sus soldados. Sin embargo, a los elfos les costaba aceptar en condiciones de igualdad a alguien a quien consideraban todavia un niño; jamas comprendieron que ella era un adulto, con capacidades y necesidades de una persona madura. Por esa razon pidio permiso a su madre para salir y ver mundo, para poder demostrar a sus parientes que era digna de ser considerada como adulta. Y por que queria conocer a su padre; tras años de silencio, su madre por fin le habia revelado el secreto cuando entendio que Ielenia estaba mas que capacitada para vivir con ello. Con ese pensamiento, su mente volvio a viajar al pasado, trece años atras, cuando la guerra de Dernoth contra Rivariel se redirigio contra Shinerberg. Habia viajado durante varias horas sin haberse percatado de ello, tan concentrada estaba en sus pensamientos. Era media tarde y habia dejado atras el pequeño bosque en donde fue asaltada hacia varias horas. No pudo evitar una sonrisa cuando comparo el bosque con el lugar donde habia nacido y crecido, pues todo el reino de Rivariel estaba cubierto por un denso bosque, que hacia palidecer a cualquier otro bosque en Shinerberg, en Millen o en las tierras de Dernoth. Ielenia miro al cielo y descubrio que el cielo claro y sin nubes de la mañana habia dado paso a otro bien distinto, cubierto de grises nubes de aspecto ominoso que ocultaban la faz del sol. El viento calido aun persistia, pero Ielenia intuyo que, tan pronto como el viento amainase, la lluvia caeria sobre el triste y desierto paisaje de las praderas de Shinerberg, salpicadas por ruinas de pueblos, algunas aun humeantes, y casas dispersas. "Esta claro que los Halcones se han esmerado en su trabajo", penso mientras recorria con su mirada las tierras de cultivo saqueadas e incendiadas, " ellos y la gente de mala ralea como los del bosque". En el camino avisto una caravana compuesta por tres carros tirados por bueyes, guiados por campesinos curtidos pero que llevaban la desesperacion grabada en sus ojos. En los carros, niños, mujeres y ancianos se sentaban sobre las pocas pertenencias que habian estimado oportuno salvar. Al cruzarse con ellos, Ielenia saludo al conductor de la caravana, pero todo lo que obtuvo por respuesta fue un breve saludo con la mano y la caravana siguio su camino. Ielenia supuso que, en estos tiempos de guerra, ver gente armada por el camino no era precisamente buena señal: incursores enemigos, tropas de avanzada hostiles, mercenarios o desertores que buscaban riquezas faciles se encargaban de dificultar aun mas, si cabe, la vida de la gente sencilla. Consciente del inminente aguacero, y ante la perspectiva de que la sorprendiera en el camino, Ielenia espoleo su montura, con animo de alcanzar la ciudad de Wenirdel, antes de que cayera la noche o el aguacero. Raudo como el viento, tal vez presintiendo las intenciones de su jinete, el caballo de Ielenia se lanzo al galope por el camino, dejando a su paso una estela de polvo. Sin embargo, parecia que el dios del camino no sonreia a la viajera; en apenas unos minutos, el viento calido amaino y las grises nubes descargaron la lluvia sobre la tierra. Una cortina de agua que ocultaba los detalles del terreno y convertia arboles, casas y accidentes del terreno en oscuras siluetas difusas convirtio el camino de polvo y tierra en un lodazal, mientras Ielenia, a lomos de su caballo, volaba hacia Wenirdel. Con cada zancada del animal, espesos trozos de barro salpicaban a jinete y montura. Ielenia aparto un mechon de pelo mojado que, pegado sobre su frente, colgaba languidamente por delante de sus ojos, dificultando aun mas la vision. Las gotas de agua resbalaban sobre su piel, colandose por las oquedades de su armadura y mojando sus ropas. Estas se pegaban a la piel, creando una sensacion de incomodidad y molestia. Ielenia ya solo deseaba alcanzar un refugio antes de que la lluvia la empapara hasta los huesos. Con este pensamiento, y cubierta de barro, Ielenia esbozo una debil sonrisa cuando, tras subir una pequeña elevacion atravesada por el camino, diviso una gran mancha oscura, debilmente iluminada por pequeños puntos de luz, en el fondo de un valle rodeado por colinas y montes. Alli estaba, surcada por el rio Wen, la populosa Wenirdel, su destino. Azuzo una vez mas a su montura y comenzo el descenso hacia el valle, deseando fervientemente un buen baño y un buen fuego en el que calentarse, comida caliente, un techo sin goteras y una cama mullida con suaves sabanas para darse un merecido descanso tras la ultima jornada de su viaje. |
| "CONTINUARA...." |
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